lunes, 21 de septiembre de 2015

CAFÉ CON PORRAS



Pedí uno con leche y un par de porras. En la barra había un ejemplar de El País y empecé a hojearlo. La misma basura de siempre, variaciones sobre un tema único, el recuento diario de los desvaríos del mamífero vertical: la caída en picado de economías, algo de terrorismo, estatal o privado, el presidente y su sonrisa, escándalo en las altas esferas, famosos, payasadas, millones por meter goles, empapó una de las porras en el café, tres cuartos de la población mundial con hambre para que el resto tuviera elevalunas eléctrico en el coche y suficiente tiempo libre para ser idiotizados hasta las uñas, los 225 hombres más ricos del mundo poseían más capital que los 2.500 millones de pobres, volvió a empapar la porra, el orden del caos, el equilibrio del desequilibrio, la condición humana sin tapujos, con cuentos chinos a otra parte, sin olvidar las violaciones de rigor, las salvajadas de turno, como ese hombre que había machacado a golpes y finalmente apuñalado a su mujer tras diez años propinándole palizas semanalmente, otra página, otra porra, exposiciones, presentaciones, felaciones, estreno en Gran Vía, una top model había publicado sus memorias y 100.000 personas habían comprado el libro, el último pedazo de porra, un intelectual que no había pensado en toda su vida y redactaba mil páginas al año aseguraba que «a estas alturas es vergonzoso hablar por hablar», y en eso estuve de acuerdo, más carnaza, más sensanción, más morralla, un descerebrado había recibido un importantísimo premio musical y sus más acérrimos seguidores habían aplaudido mucho, un nuevo cohete subiría al cielo, muy pronto... Y aún me faltaba hojear las páginas finales, las de la programación televisiva, pero yo no veía la caja tonta. Así que sorbí el poco café que quedaba en la taza, arranqué el crucigrama para el viaje en metro y cerré aquel catálogo del delirio. 

Las porras, por cierto, estaban de muerte.

(Escrito a mediados de los años noventa. Las cosas «oficiales» no han cambiado tanto: podría ser el periódico de hoy mismo.)

lunes, 14 de septiembre de 2015

YA TODOS SOMOS NADIE


Para bien y para mal, ya no hay auténticos ídolos, dominantes y duraderos, respetados incondicionalmente y conocidos profundamente por sus supuestos fieles. El nietzscheano ocaso de los ídolos es hoy más cierto de lo que él probablemente llegara a imaginar. Para bien y para mal.

Ya no es que la gente se crea a la altura de nadie, sino que no sabe qué son las alturas; es decir: que no cree que haya nadie más elevado que ella misma. Incapaz de concebir la existencia de no semejantes (en un sentido positivo; en el negativo, el cantar no es tan extremo), el primermundista contemporáneo no puede ni imaginar que alguien pueda llegar donde él no llega, que alguien tenga más mérito. La igualación niega la excelencia.

Es atroz. Peor que cualquier otro tipo de nivelación jamás habido en la historia, y algunos ha habido. O todos o ninguno, se piensa.

Ya todos somos nadie.


 


lunes, 7 de septiembre de 2015

NUESTRO PANTEÓN NOS REPRESENTA



La tecnología tiene trazos de estar convirtiéndose en religión. Santos y milagros no van a faltar. Nos quitamos una divinidad muerta de encima (primero el barbas bíblico y después la ciega fe en la razón nuestra) y no dejan de brotar nuevos e inimaginables candidatos a ocupar la vacante poltrona del Olimpo: el culto al Propio Cuerpo o al Rey del Rocanrol, el Fútbol Club de Siempre o la Ciberacción, el Progreso Acéfalo, la Fama, la Moda, la Vida Sana, las Sacras Divisas (¡oh ¥€$!), el Santísimo Libre Capital, el Mercado Santo, la Cirugía Plástica o Curativa, la Medicación Trascendental… ¿Para qué seguir con el recuento? No hay, efectivamente, color: tenemos los diosecillos que merecemos. 



 

martes, 1 de septiembre de 2015

LA PESADILLA DEL RINOCERONTE



De Codex Seraphinianus.


Pesadilla recurrente del basto rinoceronte es el estilizado unicornio, al que desearía embestir, apisonar y destripar salvajemente, como corresponde a su naturaleza de ceratomorfo perisodáctilo.

lunes, 24 de agosto de 2015

EL OPIO DEL ESCRITOR


«Mierda de artista», Piero Manzoni (1961).

La religión nos consuela de nuestra certeza de la muerte, de la impotencia y de la pérdida. La ciencia a su vez nos convence de que en última instancia hay un sentido universal. Ambas manifestaciones culturales son útiles para la especie porque pretenden transcenderla, darle un más allá. 

El arte, en cambio, en el mejor de los casos, nos seduce sin más, sin cebos o caramelitos. El arte a veces, sólo a veces nos seduce sin falsas promesas. 

Pero otras muchas —Gil de Biedma dixit— nos convierte en presas de esa «antigua inclinación humana / por confundir belleza con significación». Gingsberg —valga como portavoz de otros muchos— decía lo mismo pero sin la menor pizca de ironía (ese imprescindible condimento mental): «El objetivo del arte es sacralizar la vida». 

He ahí, pues, otra forma de entregarse al consuelo y la trascendencia, que son los puntos de mira de la ciencia y la religión. 

El verdadero arte (es decir, el que a mí me interesa) consiste —lo dijo bien Bolaño— en «encarar y dar fe de aquello que nos aterroriza». 

El arte es útil pero no sirve a nadie.


lunes, 17 de agosto de 2015

HISTORIETA UNIVERSAL DE LA INFAMIA


Borges echando una humana meada en 1973, el año de mi nacimiento. Necesitamos más documentos que lo humanicen, que le den cuerpo. La magnífica foto fue tomada por un canalla llamado Rogelio Cuéllar. 



lunes, 10 de agosto de 2015

EL ANIMAL QUE SE CREE LIBRE


 
¿Qué termina al morir un individuo? En términos globales, prácticamente nada: una conciencia más, otra identidad. Pero ese «prácticamente nada» lo es absolutamente todo para el individuo.

Y si conciencia e identidad individuales son lo único que realmente desaparece con la muerte, entonces, de acuerdo con la física clásica, éstas no eran ni energía ni materia. Así, hasta bien entrado el siglo XX, a pesar del azote de la ciencia, aún podíamos seguir teniendo alma, ese milagro repetido de ser uno mismo (y un milagro es por definición lo que ocurre más allá de las leyes físicas).

Pero la física cuántica lleva ya tiempo dando una respuesta no sobrenatural a la aparición y desaparición de partículas. Y la cosmología parece ir en la misma dirección: Un universo de la nada, reza el título de un libro de divulgación sobre el big bang o —como Octavio Paz prefiriera decir— el gran pum. Y si todo un universo puede surgir de la nada, ¿cómo no lo harán sus partes? Y también: si un universo ha surgido de la nada, ¿resurgirá la nada de un universo? Fascinantes preguntas donde la física y la metafísica vuelven a darse la mano, como les ocurriera a los primeros pensadores.

Sea como sea, resulta tentador imaginar que así como las partículas elementales escapan al determinismo absoluto (tal y como afirma el principio de indeterminación o incertidumbre de Heisenberg), conciencia e identidad pudieran ser una emanación o propiedad de la materia y la energía, mediante la que ciertos organismos vivos cuentan con un mínimo grado de indeterminación (¿de «autonomía»? ¿de «libertad»?) frente a las estrictas leyes físicas del mundo no subatómico.

Somos el animal que se cree libre.